martes, noviembre 10, 2009

Tirria

Jamás he sido un romántico. Nunca me compré algo de Perales, ni de cualquier otro cantante que suene parecido. Letras de amor y esperanza, como que no me van mucho. Al contrario; el desamor y la desesperanza me cunden a forro. Pero como todos, tengo un "bobo" que a veces tropieza y se descalabra sobre melodías frutadas, solfeos y estribillos sin fin.


Una cadena de eventos, deben confluir a la vez, para que me quede escuchando un tema completo y de esas características. Puede ser que esté abstraído pensando en alguna pelotudez de dimensiones cósmicas, o puede que me encuentre recordando amores disueltos, tardíos o fácticos, intentando -en vano- darles un matiz diferente.


Sólo así, semi inconsciente y sensorialmente abatido, puede sonar la canción, de principio a fin. Cuando no es detectada a tiempo, puede instalarse en mi habitación; ya sea que provenga de la tele prendida, la radio u otra fuente, y sonar tranquila, sin miedo a ser cortada bruscamente.


Por lo general, salgo del trance, cuando por ahí se quiere inmiscuir algún impresentable como Arjona o Mijares. Puede que hasta Montaner, De Vita o Chayanne, se me hayan colado subrepticiamente. La Pantoja, Ana Gabriel y Laura Paisini, también. Pero los dos primeros, jamás. Felizmente cuento con mecanismos de defensa que encienden todas las alarmas ante los compases iniciales de uno de ellos y similares.


Si alguien me odia y quiere hacerme mucho daño, podría obligarme a escuchar algunas de esas radios que pasan todo el día la llamada “música para secretarias”. Y eso que yo he crecido escuchando a Emmanuel, Cristal, José José, y cuanto hay, pues tengo una hermana que adora ese tipo de música. Pero por alguna razón, nunca me gustó.


Aunque debe haber un par de temitas que forman parte de mi banda sonora y responden a ese formato romanticón que poco o nada me engancha. Más por algún episodio asociado que por la canción en sí.


Mi primer beso, mi primer amor de niño…quién sabe.

martes, octubre 06, 2009

Bello vello

Sin voltear a mirarlas directamente, veía las putas a través del gran espejo ubicado frente a la barra del puticlub. Lo mal pulido del cristal, distorsionaba sus formas. Las caderonas lucían más caderonas; igual que las tetonas y las de muslos ampulosos.

A mi lado, una migo esperaba impaciente que se inicie el show. Ambos queríamos ver a las chicas contornearse al rededor del tubo. Seguir sus movimientos gráciles o encabritados al ritmo de melodías sensuales con sabor a tutifruti.

En cambio, prorrumpió en el recinto, una caterva de mariachis disparando sus balas de fogueo y cantando las mañanitas, alterando por completo nuestra putañera noche, y convirtiéndola en una mañana dominguera de plazoleta san miguelina.

Nosotros, que veníamos de beber unos pisco sours en el hotel Bolivar, (lugar en que se hospedó Ava Gardner) para hundir nuestras miradas en los vellos púbicos de miluskas y casandras; acabamos viendo los mostachos del gran ‘negrete’, aquel seudo mariachi mexicano nacido en Yauyos.

Al medio del salón, la hetaira homenajeada por el novio-caficho, celebraba su onomástico con lágrimas que corrían su grueso maquillaje.

El tiempo discurría a ritmo de trompetas, y la mona Jiménez, que antes preguntaba por el vino, tuvo ceder su lugar al rey David.

Continuaron las canciones, los parroquianos contagiados hacían sus pedidos y, de pronto, un sombrero inmenso se posó en mi cabeza. Yo no había terminado de quitármelo, cuando un flash resplandeció en la habitación; y enseguida fui invitado a bailar por la cumpleañera. Enceguecido por la luz y la emoción (y el alcohol), me eché a danzar un jarabe tapatío mientras recordaba algún capítulo del chavo.

La fiesta se había desatado. Hubo tragos de cortesía -mía y del local-. ‘La Gruta Azul’, hizo una pausa extraña, bizarra, inverosímil. Mikuskas y casandras, eran hora fátimas y berthas. Ya nadie pagaba por caricias o bailes. Mi amigo, comía un piqueo snack que alguien mandó comprar, mientras Carmen llenaba mi vaso con cerveza pagada por otros.

Pregunté a Helena si acostumbraban a festejar sus cumpleaños así, y me contó que era la primera vez. La alegría que transmitía su mirada, la honestidad de su sonrisa y el afecto de sus manos acariciando las mías, eran impagables, a diferencia de los treinta soles que me hubiera costado llevarla a la cama, otra noche cualquiera.

Hora y media después, acabado el show de serenata y con los mariachis en retirada, todo volvió a su cause. Alguien pasó una escoba, otro acomodó un poco el desorden y todas ellas tomaron sus posiciones habituales. La festejada inició el striptis bamboleando su lujurioso cuerpo, pero yo sólo podía ver sus ojos.

Al salir, quise despedirme de algunas, pero ya estaban ocupadas: bailando, o sobre las piernas de los clientes más recalcitrantes; y mientras el taxi me llevaba a casa, pensaba en que la felicidad dura poco, casi nada…pero lo suficiente.


lunes, septiembre 28, 2009

vestecun...

La coprolalia, es -según el mataburro- la tendencia patológica a proferir obscenidades y groserías. Así entonces, yo sufro de aquello, padezco esta especie de síndrome compulsivo que me obliga a ir lanzando reconchatumadres y gramputas por doquier. A referirme a chuchas y pingas, como si de tararear una canción se tratase

Y la verdad, no deseo curarme. Estoy bien así; es más, me encanta carajear, mierdear y putear, entre otros improperios, de mayor o menor calibre.


Trato, eso sí, de hacerlo con mis pares generacionales o con personas con las que desarrollé algún tipo de confianza, aunque sea mínima. Evito las palabrotas en lugares públicos y ante personas mayores, niños o señoras. No importa que los niños sean hoy, unas máquinas de producir lisuras, o que algunas tías se manden de hacha en la cola del mercado o en el bus, con un lenguaje canero de la peor estofa. O que los abuelitos, todavía sigan dándole duro al arte del baldón y el vituperio. No me gusta ‘obligar’ a nadie a escuchar las porquerías que pueda yo espetar.


Ni que decir de las muchachitas que han desarrollado, más que tetas o vello pubiano, un lenguaje tan ramplón, que, sin dármela de cura, me ha llegado a sorprender.


Hago esta pequeña introducción, pues sabido como es, que el 95% de personas decimos lisuras la mayor parte del tiempo (en el 5 restante, se encuentran también los muditos), no entiendo por qué carajo, la gente se caga de la risa cuando en el cine, algún personaje lanza una lisura en alguna película nacional.


Como si algo ajeno, lejano y prohibido les haya sido revelado de pronto. Un carajo y risas; un mierda y risas. No digamos cuando se escucha pichula o algo referido a los órganos sexuales, ya es el deshueve con la risotada.


Incluso en un programa de televisión, invitaron a un intelectual de callejón y a una actriz de lisura fácil. Lo mismo: al primer puteo, una carcajada estruendosa del respetable, acompañada de los respectivos aplausos breves que le siguen a toda palomillada o gracia.


Uno de los conductores del programa, conocido por su ‘esquinismo’, por tener ‘lleca’, ‘barrunto’ y demás, se meaba de risa con sus propias pendejadas. Y el otro, más cultivado, mejor hablado y leído, igual nomás, festejaba cada chucha como si del vocablo más divertido y trasgresor se tratara.


La hipocresía en este país, estás más arraigada que el racismo, que la corrupción o la mentira.


Que cagada.

martes, septiembre 22, 2009

No es lo mismo...(1)

Ser rebelde que revoltoso:

Me parece que la rebeldía se manifiesta en actitudes y no sólo en acciones. Conozco mucha gente que se pone una camiseta del che y salen a tirar piedras o quemar llantas sin tener la más puta idea de lo que defienden o rechazan. La cosa es repetir alguna consigna o panfleto, convirtiéndose así, en esbirros de causas que no comprenden, sean estas buenas o malas.


Ser virgen que conservar el himen:

Existen mujeres que han sido penetradas extraoficialmente y por el reverso. Que se han tragado cientos de metros de pollas vía oral. Que han hecho las mil y una del Kamasutra; pero que sin embargo, mantienen intacta la membrana que garantiza su pureza, y que es celosamente guardada para embaucar a algún incauto que las termine llevando al altar.


Llenar un geniograma que ser culto:

Algunas personas memoriosas, que acumulan una cantidad increíble de información, y que tienen la mente llena de datos con nombres de ríos, fechas, límites, afluencias, nevados y nombres de batallas; se autodenominan cultos, lo que de por sí, demuestra su incultura.


Ser gay que ser maricón:

Los gays tienen una orientación sexual, signada hacia personas de su mismo sexo. En cambio, maricones podemos ser todos, hasta los más machitos del callejón. Las mariconadas son actos de cobardía o pusilanimidad, que no tiene que ver de quién te enamoras o con quién te vas a la cama.


Perdonar que olvidar:

Dicen que perdón sin olvido, no es perdón. Me perdonarán, pero no estoy de acuerdo. Yo he perdonado algunas cosas, que, no por ello, se han ido de mi mente. El perdón radica en no volver a mencionarlas, aunque su recuerdo nos genere mala sangre.


Ahorrar que acumular:

Sé de personas que ahorran con un fin determinado: comprarse un auto, una casa o un par de zapatos. Pero sé de otros que, teniendo más dinero del que podrían gastar en vida, siguen almacenando billetes, que ni siquiera heredarán a sus hijos, pues -según su filosofía- ellos deben generar su propia riqueza. Tampoco realizan obras benéficas ni mucho menos. Imagino que se enterrarán con su dinero y sus joyas, como los faraones.


Bonus track


Tirarse las torres gemelas que a las gemelas Torres

Un metro de encaje negro que un negro te encaje un metro

Huevos de araña negra que una negra te arañe los huevos

Me baño en el lago que me la hago en el baño

Tu hermana en el jardín del edén que a tu hermana le den en el jardín

Dormirse al instante que dormirse en el acto.

jueves, septiembre 10, 2009

Entonces qué

Me cuenta mi madre que nací con menos de dos kilos de peso, y que pasé quince días en la incubadora. Desde muy pequeño, empecé a sacarme la entre puta; y como nunca aprendí a gatear (sólo sé perrear) no poseía el instinto de poner las manos antes de caer al piso, por lo que la mayor parte de veces, era mi ‘caramelo’ el que pagaba pato (ya lo habrán podido notar).


Me he roto la cabeza en tres oportunidades; también huesos de los brazos y las piernas. Me zafé la clavícula, la rótula de la rodilla, y se han gastado algunos metros de hilo quirúrgico, en coserme labios, cejas, frente y alguna otra superficie que no llego a recordar.


He sufrido de casi todas las enfermedades disponibles en el mercado bacteriológico y viral. Desde sarampión, paperas y tifoidea, hasta el cólera (y no hablo de ira), rematando con una parasitosis subtropical llamada estrongyloides, que casi me lleva a la otra.


Ya más grande, en mi época adolescente, he tenido peleas, borracheras intoxicantes con tragos prostituidos y alterados. También tuve enfrentamientos con armas de fuego en circunstancias que algún día contaré. Por esos tiempos, fui asaltado y golpeado por policías uniformados que se llevaron mi dinero, más de una vez.


Me han amenazado de muerte dos personas: un marido celoso, y un conocido delincuente; a la sazón, ex campeón de box al que le falta un ojo y luego de que en mi barrio le diéramos la paliza de su vida.


Durante las celebraciones de algún año nuevo de este siglo, me largué a Cañete junto a dos amigos, luego de haber estado bebiendo y bailando toda la noche. En el auto de uno de ellos, enrumbamos al sur, muy temprano, y volvimos por la noche, con mucho más alcohol a cuestas. Y por esas cosas que tiene la vida, no pasamos a engrosar las estadísticas de borrachitos que mueren decapitados por esas fechas. Más aún, cuando yo y uno de mis amigos, nos quedamos absolutamente privados todo el trayecto

(Rubencito, te debemos la vida y algún día nos contarás como es que no te dormiste también).


Pasé por la experiencia del matrimonio y salí indemne. Tengo heridas en el corazón y el alma un poco chamuscada, producto de algunas otras batallas amorosas en las que no logré terminar ileso, pero si salir con vida…


Todo esto viene a cuento, pues próximo a cumplir 37 años, me sigo preguntando cómo es que llegué hasta aquí. Pero sobre todo, me pregunto, qué rayos me espera.


No sé si terminaré en la cárcel, o si mataré a un ser humano. No sé a cuántas mujeres más amaré y cuántas de ellas me amarán. No sé a quiénes de los que quiero, veré morir.

No sé si tendré hijos. No sé…


Felizmente, no tengo grandes planes para mí. Así, a trompicones como hasta hoy, sin imaginar el futuro, voy a seguir despertando cada mañana y haciendo lo que se me cante el forro. No voy a quebrar ninguna regla, pero me alejaré lo más que pueda de ellas. Tengo algunos sueños, muy simples, que espero hacer realidad. Todos ellos realizables con algo de voluntad.


Mi existencia no habrá sido de película, pero aburrida tampoco; y eso, aunque parezca frívolo o estúpido, me hace muy feliz.


Aquí te espero, vida mía.

Dicen que soy
Un soñador que sueña
Y otros dirán de mí

Adiós: me iré
A algún otro lugar

Y si la Melancolía
Me
alcanza
Y si la Melancolía
Me
alcanza

Me cubriré del agua
De la mar y ya no he
Más de morir

Y ya no he más

Luis Hernández


El tema musical pertenece a la banda nacional llamada "Radio Huayco", y lleva por nombre Huayno. Búsquenlos

miércoles, septiembre 02, 2009

Fumón

La conclusión a la que acabo de llegar, es de lo más estúpida; pero, en muchos casos, las estupideces que genero, han marcado mi destino.


Mientras recordaba con nostalgia, aquella dulce sonrisa, me dispuse a preparar algo para beber. Cogí un vaso, lo llené de agua gasificada y le vertí azúcar (así me gusta).

Removía la bebida, sin apartar la mirada del vaso, observando las burbujas de gas, mezclándose con los pequeños granos de azúcar, agitados por el movimiento del agua y sus millones de partículas. Era una danza, una especie de tormenta cadenciosa, una vorágine transparente y clarificadora. Retiré la cucharita, y el movimiento no cesó; continúo algunos segundos y luego todo se calmó. El agua ya no giraba, el gas desapareció y el azúcar reposaba mansamente al fondo del vaso.

Entonces, cual epifanía, pude ver la estructura del amor en la mencionada escena:

Imagínate con la persona que amas, en plena montaña rusa, zarandeados por el amor infinito, metidos en el vaso. Tú el azúcar, ella el agua, o viceversa. Haciendo promesas, planes malditamente hermosos, soñando juntos, flotando por la inercia de sus sentimientos vertiginosos. De pronto, las cosas cambian. La calma se instala, el mareo pasa y ves todo distinto.
Pero, ¿qué está sucediendo?
Si estás, tú, está ella, está el agua y también el vaso…

¡¡¡EUREKA!!!: ¡FALTA LA CUCHARITA!

Si pues, el amor es la cucharita que nos mueve y remueve. El elemento que altera el escenario compuesto por paisajes, personas y sentimientos, que por sí solos no significan mucho. La palanca que pedía Arquímedes, es la bendita cuchara.
Al mundo no lo mueve nada, más que el amor.

Así que ya sabes, tarde o temprano, todo dejará de dar vueltas, y aunque la permanencia dentro del vaso, pueda estar garantizada para siempre, ya son otras reglas las que regirán esa estadía, que no por calma, ingrata y aburrida.

Bueno, ahora los dejo, que me voy corriendo a patentar mi teoría de la cucharita…

domingo, agosto 30, 2009

"Chanta"

En estas épocas de imposible anonimato, en las que puedes ser rastreado y escudriñado hasta tu colon irritado. Justo hoy en que nuestro dedo índice se ha convertido en el procesador más poderoso de la historia, pues en su punta cabe toda la información posible, gracias a un simple clic. Precisamente cuando ya no es posible decir mentiras impunemente; hay que ser demasiado imbécil o demasiado conchudo, para crearse un mundito paralelo, con nombre falso, nacionalidad falsa, hojas de vida envidiables pero inexistentes, palmarés ajeno y adjudicación de ideas salidas de otras mentes.

Ahora, si te creas eso, todo junto, ya estás cagadazo. Tienes problemas serios y estás parado viviendo en un acantilado, esperando ser empujado al inmenso mar de tus mentiras. Y no te quejes cuando caigas de cacharro contra los peñascos y se te reviente la panza. Así veremos salir tu embuste a manera de tripas, flotando sobre tu cadáver.

No saben cómo me jode que la gente me quiera mentir y agarrarme de huevonauta.
Que digan que son cuando no son. Que tienen cuando no tienen. Que saben cuando no saben. Que cuentan con premios, cuando a lo mucho tienen apremios.

Para ser un farsante, tienes que ser bueno; y vaya que conozco a algunos. Pero al que conocí hace poco, le falta mucho por aprender. Y eso me da más rabia.
Que me pasee un tigre, un bravo de bravos, un chucha en el arte del engaño, vaya y pase; pero que me quiera agarrar un mequetrefe, aprendiz de Peterete, un cagoncito bisoño, proyecto de basura; eso sí que me revienta el hígado, y pulsa mi botón de asesino.

Así que argentino. Así que ganador de cannes, escritor de un libro y creador del cuy mágico ¿no? ¿No se te ocurre, infeliz, que cuando así te presentas, lo primero que uno hará, es ir corriendo a la red de redes, pare ver tus fotos, tus premios y tu página web?

Si al menos te hubieras puesto otro nombre, si hubieras suplantado -no inventado- alguna identidad que te cubra, es posible que la hubieras hecho; claro; con el resto, pero conmigo, ni cagando.

Espero de corazón que me “goglees” como yo lo hice contigo, y puedas leer esto.
Deseo descarnadamente que te enteres que me entero.
Me encantaría darte una paliza pero tu polio me lo impide. ¿O es que cojeas así para cobrar un seguro? Más te vale que no, porque si estás sano, vas a quedar torcido y patuleco, pero en serio, loco.

Mañana te voy a ver la cara. Anda inventando algo bueno, o sino, improvisa, sonea o rapea. Si dices ser creativo, y de los buenos, quizá te puedas salvar.

¿Entendés, boludo?

lunes, agosto 24, 2009

Albor...albur

Uno toma decisiones todo el tiempo. Siempre estamos enfrentados a elecciones que van desde escoger un color, hasta disparar un arma si tu vida corre peligro.

Hay decisiones que se toman en segundos, algunas llevan más tiempo; incluso hay las que nos tomarán la vida entera.


Algunos deciden suicidarse a pesar de tener salud, dinero y amor. Pero otros, se aferran a la vida aun sufriendo los tormentos más horrendos. Las razones que nos impulsan a optar por una cosa y no otra, son insondables.


No siempre son el sentido común, la razón o la lógica las que nos guían en las decisiones. Al contrario; estoy convencido que la mayoría de las veces, elegimos en base a la emoción, la intuición o la pasión. La parte racional es tomada en cuenta, pero no considero que sea determinante.


Y me parece bien que así sea. No somos robots que procesamos información y emitimos respuestas en base a cálculos que, estadísticamente, nos minimicen las posibilidades de yerro.


Además, hay decisiones que a pesar de ser las acertadas, igual nos producen llanto, temor o incomodidad. ¿Por qué? Pues porque somos una especie que está llena de esas contradicciones que nos permiten alegrarnos la existencia o jodérnosla sabiendo de antemano los efectos.


Es el tiempo, quien se encargará de pasarnos las cuentas, a favor o en contra. Será el destino, el mensajero de las malas o buenas nuevas. El futuro llegará ineluctable con el pulgar arriba o nuestra suerte echada.


Ante ellos me encomiendo, ahora que tiré los dados.

lunes, agosto 10, 2009

Chucherías

A los 12 años, y con mi sexualidad a punto de bullir, sucedió. No me quedan claras las circunstancias, pero una pareja de daneses se hospedaba en casa. He olvidado sus nombres pero jamás se me va a quitar de la mente lo que vi aquella mañana en que contesté el teléfono. Alguien me habló en un idioma extraño y comprendí que buscaban a los huéspedes. El marido había salido por cigarros y la esposa se encontraba en la ducha. Lo único que hice fue tocar la puerta del baño y gritar: ¡telephone!, -con mi mejor inglés-. Lo que ocurrió después, fue como para no creer. Ella salió del baño, desnuda y con el agua discurriendo por su blanquísimo cuerpo. Sin inmutarse, cogió el aparato y atendió la llamada. Yo la observé toda, pero encuadré con énfasis sobre su escandinavo y blondo sexo. Parecía no importarle mi presencia, pero me retiré educadamente, pues no quería que ella viera aquella explícita erección, que terminaría trocando mis poluciones nocturnas en salvajes y munificentes apuñaladas.


Tendría 19 años cuando aconteció por segunda vez. Estaba haciendo colocar unos protectores a los faros del auto de mi padre, allá por la avenida México. Mientras esperaba, observé a dos muchachas de aproximadamente 16 años. Ambas, sentadas sobre una banqueta, conversaban sobre la depilación genital. Usaban un lenguaje bastante vulgar y soez, pero eso no fue lo que me impacto. De pronto, una de ellas, levantó una pierna sobre la banca, y así, sin más ni más, procedió a retirar hacia un costado la tela del calzón, mostrando a su amiga lo bien que le había quedado su primera trasquilada. Juntó de nuevo las piernas y me miró desafiante, espetando a guisa de pregunta: ¿Y tú, qué chucha miras, huevonazo?; y yo, aún con la imagen en mis retinas, sólo atiné a responder: “la tuya pe”; usando el tono más achorado posible.Felizmente, la reacción de la chica, fue soltar una estruendosa carcajada que acabó con la tensión. Se pusieron de pie y se marcharon, no sin antes hacerme unos gestos obscenos que no me atreví a responder.


La tercera vez, transcurrió un domingo de verano por el circuito de la Costa Verde. Avanzaba lentamente con el carro, pues había un tráfico espantoso. Los bañistas salían en retirada y ocasionaban la congestión. Serían las 5 de la tarde pero el sol alumbraba con mediana intensidad. Una señora, muy entrada en carnes y años, estaba quitándose la arena del cuerpo en unos pequeños grifos de agua instalados al borde de la pista para tal efecto. Y volvió a suceder. La vieja, no tuvo mejor idea que correrse la ropa de baño y asearse prolijamente la zona en cuestión, a vista y paciencia mía y de todo el mundo. Recuerdo claramente la escena, aunque he tratado de olvidarla con todas mis ganas.


Quizás son 7 ú 8 años desde la última vez que pasó. A un vecino de la quinta en la que vivo, se le había bajado la batería del auto y me pidió que lo ayudara a empujarlo. Acepté de mala gana, pero a la luz de los hechos, hice bien en no excusarme alegando alguna prisa o dolor. Y es que justo cuando me disponía a empujar, apareció en escena la esposa del vecino, con una especie de bata que dejaba traslucir sus grandes pechos. Pensé que con eso era suficiente, que había valido largamente la pena. Pero no. A la orden del marido, nos echamos a empujar con vehemencia, y volvió a pasar. Tanto ímpetu y esfuerzo, se vio recompensado cuando la vecina resbaló perdiendo una sandalia, y con la viada que llevaba, cayó aparatosamente al piso, dando un par de tumbos que permitieron darme cuenta que no llevaba ropa interior. Y ahí estaba, una vez más, otro sexo de mujer enfrentado a mis ojos, sin haberlo solicitado.


Cuatro encuentros cercanos del mejor tipo (diría tres, el de la vieja no cuenta), cuatro avistamientos involuntarios, me parecen muchos, teniendo en cuenta que no existió ningún tipo de persuasión previa. No tuve que recurrir a mis artificios de seducción, ni mentir, y menos, suplicar. Con lo que le cuesta a uno acceder a esos tesoros, conquistarlos y adueñarse de ellos, diría que no estuvo tan mal.


Tal parece que a unos se les aparece la Virgen, y a otros, aunque con "yaya", también.

domingo, julio 05, 2009

150 (Fin de temporada)

El despecho amoroso, debe ser uno de los sentimientos más horribles y complejos por los que atraviesan los humanos. Esa mezcla de impotencia, rabia, angustia, malquerencia, y tantas otras feas sensaciones que convoca el haber sido dejado por alguien. Se suele tomar como una afrenta, como una puñalada canallesca asestada sobre el espinazo del buen y noble amor.

Seguramente todos hemos pasado por eso. A todos nos han dejado plantados. A veces en medio de una tormenta, o en el mejor de los momentos. Duele igual. Las consecuencias nos quiebran las rodillas, nos acelera los latidos y la punzada entre los ojos, se torna insoportable.

Pero saben: a pesar de todo el sufrimiento y las lágrimas, nunca pierdan la dignidad. No se regalen u ofrezcan como esclavos/as. Se puede suplicar por comida, techo o abrigo; pero jamás se debiera suplicar por amor. No supliquen. A llorar al río, a morderse la lengua y las ganas. Si te dejan, no hay nada más que hacer. Finito, caput, cancel, game over.

No te arrastres, no hagas pataletas en su presencia, no prometas ni llores. Busca a tus amigos, a tu familia. Recurre a la botella, por último, pero no des espectáculos lamentables. No te hagas mierda.

No creas que después de él/ella no existe más nada. Que jamás vas a querer a alguien así. Mentira. El tiempo, aunque inexistente, siempre salva y cura todo. No urdas venganzas. No gastes en amarres mágicos que no han de funcionar nunca. No te quieren y punto.

Así de crudo, así de real. Se sabio/a y no te pases el tiempo armando rompecabezas sin piezas a la mano. No te eches la culpa. Asume con altivez tus heridas. Restáñalas. Respira muy hondo y trágate el sapo de tu nueva dieta, esa que te has de comer sin compañía.

Resiste y vive. No seas idiota.


Ya regreso...