domingo, julio 05, 2009

150 (Fin de temporada)

El despecho amoroso, debe ser uno de los sentimientos más horribles y complejos por los que atraviesan los humanos. Esa mezcla de impotencia, rabia, angustia, malquerencia, y tantas otras feas sensaciones que convoca el haber sido dejado por alguien. Se suele tomar como una afrenta, como una puñalada canallesca asestada sobre el espinazo del buen y noble amor.

Seguramente todos hemos pasado por eso. A todos nos han dejado plantados. A veces en medio de una tormenta, o en el mejor de los momentos. Duele igual. Las consecuencias nos quiebran las rodillas, nos acelera los latidos y la punzada entre los ojos, se torna insoportable.

Pero saben: a pesar de todo el sufrimiento y las lágrimas, nunca pierdan la dignidad. No se regalen u ofrezcan como esclavos/as. Se puede suplicar por comida, techo o abrigo; pero jamás se debiera suplicar por amor. No supliquen. A llorar al río, a morderse la lengua y las ganas. Si te dejan, no hay nada más que hacer. Finito, caput, cancel, game over.

No te arrastres, no hagas pataletas en su presencia, no prometas ni llores. Busca a tus amigos, a tu familia. Recurre a la botella, por último, pero no des espectáculos lamentables. No te hagas mierda.

No creas que después de él/ella no existe más nada. Que jamás vas a querer a alguien así. Mentira. El tiempo, aunque inexistente, siempre salva y cura todo. No urdas venganzas. No gastes en amarres mágicos que no han de funcionar nunca. No te quieren y punto.

Así de crudo, así de real. Se sabio/a y no te pases el tiempo armando rompecabezas sin piezas a la mano. No te eches la culpa. Asume con altivez tus heridas. Restáñalas. Respira muy hondo y trágate el sapo de tu nueva dieta, esa que te has de comer sin compañía.

Resiste y vive. No seas idiota.


Ya regreso...

martes, junio 30, 2009

149

Para bien o para mal, siempre me cago de la risa. Es muy difícil ponerme triste o apesadumbrado. Trato de procesar de la mejor manera los malos ratos, las peleas y los rencores.

No soy de los que le contestan mal a todo el mundo porque estoy de mal humor. Y aunque no olvide rápido un episodio aciago, es poco probable que alguien, además de los involucrados, noten que algo malo me sucede.

No dejo de ir a fiestas, no cancelo compromisos ni citas, no apago mi teléfono; y menos aún, sucumbo a llorar abrazado de mi almohada. Nada de eso hago, así la esté pasando fatal.

Es más, hasta podría actualizar mi blog, mientras me aguanto las ganas de mandar todo a la mierda. Pero como ya dije, no soy de hacer berrinche por detalles nimios que puedan interferir sobre mi motivación principal de vivir; que casi se reduce a pasarla de putísima madre.

Por eso, cada vez que me acontece un hecho agobiante, suelo irme al cine, o llamar a alguien para tomar un trago y hablar de otras cosas, no de mis aflicciones. Me gusta también, coger el auto, y largarme sin rumbo por la ciudad, escuchando música a todo lo que da. Lo bueno es que siempre encuentro la manera menos brutal de aligerar la carga negativa de mis desventuras.

Y así, me procuro algo de felicidad, lo más rápido posible, para seguir viviendo…

martes, junio 23, 2009

148

El domingo que pasó, por circunstancias varias, tuve que pisar una iglesia luego de mil años. No fui a escuchar la misa, sino más bien, a recoger a mi madre, pues algunos problemas oculares le impiden ver bien de noche.

Así entonces, y calculando la hora de salida, dirigí mis huesos a la parroquia de mi barrio. La iglesia se encontraba agolpada de feligreses, y tuve que ingresar tratando de ubicar a mi progenitora. No pude hallarla en medio del gentío, por lo que decidí esperarla fuera. Fue entonces que un hombre mayor, me entregó un papelito con unos números impresos; luego advertí que se lo daba sólo a los hombres. Le di una mirada a los números y guardé el papel en el bolsillo de mi casaca.

Estando fuera, a unos metros del umbral principal, podía escuchar claramente la voz del cura que proseguía con la misa que parecía haberse extendido más de la cuenta. Y de pronto, en medio de los rezos y letanías, el padrecito invitó a todos a prestar atención para el gran sorteo de la noche. Se iban a regalar algunos objetos y un sagrado corazón bendecido como premio mayor, con motivo del día del padre.

Fue así, en un acto reflejo, casi mecánico, que volví a mirar los números de mi boleto: 3518, decía. Los primeros premios salieron y fueron entregados a sus felices ganadores en medio de la ovación. Pero faltaba el último, el más valioso, espiritualmente hablando, el “apagón” de la noche. Y el cura, haciendo gala de un manejo escénico digno de mejores causas, comenzó a cantar el número ganador, lentamente, con sus pausas dramáticas respectivas entre dígitos: treees…ciiinco…uuuno…-¡la puta madre!, me lo voy a sacar-. Otra vez miré el papel. ¡Demonios!, estoy a un numerito de ganar. ¿Qué hago?, ¿huyo?, ¿me hago el loco?, ¿regalo mi ticket premiado?

Si quieren saber, el último número fue siete. Estuve a un tris de ganar, y no lo hice.

Dicen que el Señor obra de maneras misteriosas. Que manda señales y mensajes que algunos no vemos. De haber ganado, podría haber sido una simple casualidad. Pero no, me faltó un número. Además, me dieron un papel que nunca debió llegar a mis manos puesto que era sólo para padres. Una señal más, sabiendo de mi rechazo a reproducirme.

Tantos años de apostasía puestos a prueba. Tanta herejía cuestionada por un boleto de rifa. ¿Acaso estoy siendo tentado por el bien? No, nica, nola.

Ya hay suficientes creyentes en este mundo. No necesitan más. Menos a mí que soy un soldado que hizo abandono de destino para saltarse el muro de la fe. Desertor de avemarías. Poetastro de calamidades. Tenaz fornicador. Buitre de malos agüeros. Vagabundo perdido por el lodazal de la duda. Felón y blasfemo. Incrédulo y rapsoda incontinente del pecado.

Así que no hay motivo alguno para llevarme de nuevo al redil. Los buenos espíritus no desean contar conmigo. Caí y me besó el diablo.

Entonces pues diosito, no te juegues así conmigo.

lunes, junio 15, 2009

147 (Bagua)

Han pasado varios días desde los aciagos hechos de la “curva del diablo”, premonitorio nombre en el que se dio uno de los peores enfrentamientos entre habitantes de una misma nación, pero de mundos distintos.

Lo que pasó allí, fue producto de varios acontecimientos, plagados de autoritarismo negligencia, indiferencia, desinformación, y finalmente, violencia.

Algunos amigos del extranjero me pedían que les aclare en algo el panorama de lo que aquí pasaba, pues las informaciones eran tantas y tan variadas, que era difícil saber a ciencia cierta, qué sucedía. Pero no pude, pues yo mismo estaba perdido entre cifras, opiniones, testimonios varios, de un lado y otro, sesgos e ideologías que impidieron hacerme de una opinión basada en algo de lo que yo pudiera estar seguro.

Ahora mismo, hay algunos puntos inextricables, más tirados a los tecnicismos y formalidades, que aunque me esfuerce, no creo poder entender. Lo concreto es que he leído los dos decretos leyes: el 1090 y el 1064, los mismos que han originado la muerte de 24 policías y un número indeterminado de nativos, pero que según la Defensoría del Pueblo llegan a 9.

Es obvio que el Gobierno y el Congreso, actuaron pésimo frente a los reclamos de los pueblos nativos; y reaccionaron tarde y mal, enviando 50 efectivos policiales a controlar a más de mil pobladores, desencadenando la tragedia espantosa que desgraciadamente, aún no acaba.

El primer DL no dice nada que resulte amenazante -en mi opinión-, y el segundo, puede ser interpretado desde varios ángulos en lo que respecta al uso agrario de las tierras; pero lo que me queda claro es lo dicho en los artículos 5 y 6, en los que, según entiendo, se protegen las 12 millones de hectáreas destinadas a los, aproximadamente, 400 mil nativos. (Van a tener que leerlos ya que no puedo copiarlos del pdf al blog, ni siquiera del Word)

La verdad, yo no veo en ningún lado del DL, lo que he venido escuchando, sobre que se les quitarán sus tierras y les serán vendidas a la mineras y petroleras. Eso lo decía la congresista Yaneth Cajahuanca, blandiendo un papel e incitando a los pobladores a defender sus tierras.

El otro punto, el primigenio, se basa en la NO consulta a las comunidades como lo exige el convenio 169 de la OIT y que el Perú firmó. Ahora, mis preguntas son: ¿A quién deben consultar? ¿A Pizango? ¿A cada uno de los nativos? ¿A los Apus?

Me hago estas preguntas ya que escuché decir a varios sociólogos, antropólogos, y nativos, que ellos no son salvajes, ni ignorantes, ni mendigos; pero que a su vez, no les importa el progreso ni el dinero. Tan solo desean cazar sus alimentos, pescar en el río y caminar felices por la selva. Yo no digo que eso sea salvajismo, todo lo contrario, pero tampoco se me hace imperativo preguntarles que hacer con el resto de la amazonía que es propiedad de todos los peruanos.

Particularmente, no me emociona que existan transnacionales gigantes, pues no pienso trabajar para ninguna, pero es bien cierto que estas vienen operando hace décadas y contaminando ríos, envenenando poblados con emisiones de plomo y tantas otras porquerías de las que ya se tiene conocimiento. Por ende, me resisto a subirme al coche de la coyuntura, y salir a las calles a tirar piedras en defensa de “mis hermanos nativos”, expresión hipócrita que se escucha cada vez que hay muertes; como lo que sucede en la sierra sur, o sea, “nuestros hermanos del ande”, que están muriendo de frío. Esas mismas personas de las que nos alejamos en la calle y despreciamos en las combis, o no dejamos entrar a discotecas o restaurantes.

Me niego a ser comparsa de ciertos dirigentuchos, que sólo saben joder la pita, y figuretear ad infinitum. No quiero, ni de chiste, hacer algo parecido a lo que hizo el actor Pablo Saldarriaga en la marcha que hubo en el centro de Lima, tocando su saxo frente a los policías, queriendo ser el hombre tanque de la plaza Tiananmen. Patético; como patético me resultó ver a Q’orianka Kilcher, la Pocahontas peruana, dando declaraciones como si algún derecho representativo le asistiera. Mejor pregúntenle a la Tigresa del Oriente y déjense un poquito de joder.

Otra cosa: ¿Qué va a pasar con los policías que asesinaron indígenas?; ¿Qué va a pasar con los indígenas que asesinaron policías? Supongo que dadas las circunstancias, tendrán que dar una amnistía, en caso de que se juzgue a alguien. Sino, se harán de la vista gorda y aquí no pasó nada. Como intentó hacer Fujimori con el grupo colina, pero esta vez, sin que se arme ninguna batahola.

No me van los maniqueísmos, y tampoco considero que deba tomar partido. Las ideologías sólo sirven para juntar personas y separarlas de otras. Que derecha, izquierda, centro, social democracia. Aprismo, humalismo, golpismo. Católicos, musulmanes, judíos o protestantes. No defiendo dogmas y no me encubro con sofismas ni galimatías. La objetividad plena, también se me hace quimérica, pero trato de valorar lo que pienso, pues sino me creo a mí, a quién carajo le voy a creer.

Por lo mismo, sería bueno dejar de proponer que se cierre el Congreso, ya que, lastimosamente, a todos los que allí habitan, los pusimos nosotros, los votantes (votontos, diría yo). Al megalómano empanzado de Alan, también lo pusimos, y somos los que más adelante pondremos a Humala, Bayly, Keiko, o cualquiera de los ciudadanos nacidos en esta hermosa tierra del sol, y mayores de 35 años, que decidan hacerse con la banda de Presidente.

Al menos suspendieron los decretos para que se establezca un dialogo. Es un primer paso que, ojalá, preceda a otros mejores que no sean arruinados por algunos intransigentes más papistas que el Papa. Acá no se enarbola la indiferencia o se incita el alpinchismo. Acá se dice lo que se piensa y es de lo único que estoy convencido.

lunes, junio 08, 2009

146

Me siento como el cigarrillo que el ex fumador, jamás llegó a encender. Cada día que pasa su voluntad se hace más fuerte, y yo cigarro, espero un destino algo digno. No es justo que haya sido creado para ser consumido y luego estrellado contra el pavimento o contra el frío metal del cenicero y no pueda cumplir esa misión. Maldita sea, quiero ser fumado o destruido, pero no deseo permanecer inerte en el cajón de un velador, llenándome de hongos y de salpicaduras amarillas sobre mi fina piel de papel.

También me siento como el contenido de un frasco que alguien cerró muy fuerte, y que ahora nadie puede abrir. Saben que yazgo ahí dentro, pero no hay modo de sacarme. O como el lapicero que cayó y rodó abajo del mueble, justo detrás de la pata gruesa, impidiendo que sea visto por más que se le busque.

No es exactamente soledad, tampoco tristeza. Quizás me sienta inútil y olvidado. Como aquella pelota que fue a parar a la terraza de los vecinos viejitos, incapaces de subir a buscarla, incapaces de escuchar el timbre y abrir la puerta para que alguien la rescate. No es su culpa, ni la del que la mandó allí de una patada. No es culpa de nadie y menos de la pelota.

Espero ser hallado pronto. Iluminado por el reflejo de alguna luz que me permita ser visto. Deseo ser recogido por los brazos de una copa entera y no rota. Quiero respirar de nuevo el aire punzante que lastima mis pulmones.

No quiero ser un yaraví.

viernes, mayo 29, 2009

145

Interrumpo la lectura de un libro pues me han dado ganas de escribir. Me acerco a la computadora, me siento frente a ella. Hago puño con mi mano izquierda y lo cubro con mi mano derecha, presionando fuertemente hasta que mis dedos truenen. Repito la operación a la inversa y estoy listo. Es de noche, la luz del monitor, me deja ver la blanquísima plantilla de Word que acabo de abrir. Observo las barras de herramientas, las de tabulación. No me decido por el tipo de fuente a usar y tampoco su tamaño. Poco importa, una vez terminado mi escrito, lo sombrearé y modificaré a mi antojo.

Antes, ejecuto un programa para escuchar música y me tomo varios minutos escogiendo los temas que, intuyo, me inspirarán. Alzo el volumen pues no logro disfrutar la música muy callada. Afuera, se oye la voz del vecino discutiendo con su hija. La está reprendiendo por haber llegado tarde. Ella llora y le contesta musitando algo que no llego a escuchar. Él se enfada más, y el tono enérgico de sus palabras se transforma en gritos. Me levanto, asomo la cabeza por la ventana y veo cenitalmente la escena. Ambos están en el patio. Ella tiene la cabeza hundida con su mentón presionando la parte superior de su pecho, en silencio. Su padre continúa llamándole la atención. Le habla sobre las reglas que a sus 16 años, ella debiera respetar. De pronto, el vecino levanta la mirada hacia el cielo, como intentando hallar una explicación a lo sucedido, y me descubre. Me quedo inmóvil sin encontrar qué hacer. Él me saluda, y la niña al verme, huye dentro de la casa, avergonzada. Sé que luego me agradecerá el haberla salvado de un interminable sermón sobre la vida y los roles de la misma.

Vuelvo al teclado y continuo mirando la plantilla vacía. El episodio me distrajo, pero no me quitó las ganas de seguir escribiendo. Digito algunas frases y las borro automáticamente. Hago lo mismo muchas veces y ahora me encuentro tarareando un tema de Spinetta. Cierro los ojos intentando treparme a la melodía, busco en mi mente las palabras correctas que den inicio al impredecible acto de manchar la página virtual, que a estas alturas, ya me está inquietando.

Por fin encuentro la frase adecuada y en ese preciso instante siento en mi bolsillo vibrar el celular. Contesto. Es un amigo que me pregunta por mis planes para esta noche de viernes. Le respondo que no tengo ninguno, salvo el de escribir algo para mi blog. Me invita a tomar unos tragos en un nuevo bar que ha abierto un amigo suyo. Le digo que está bien, pero que más tarde. Quedo en devolverle la llamada. Cuelgo. La frase que segundos antes me había asaltado, ahora se hallaba perdida en algún surco de mi cerebro, atiborrado de alcohol y malas noches. Ese archivo es irrecuperable -pienso-.

Las ganas están intactas, pero la motivación se ha largado no muy lejos y se ha escondido tras el vecino, su hija y mi amigo. No quiero rendirme, todavía. Voy por un vaso con gaseosa y un cigarrillo. Eso es, necesito un puchito -me digo-. No encuentro el bendito encendedor y me da flojera bajar nuevamente las escaleras para encender el cigarro en la hornilla de la cocina. Me bebo la gaseosa de un trago y eructo larga y fuertemente, tratando de exorcizar mi ánimo menguado.

Resuello alguna lisurota y retomo con firmeza el teclado, lo acomodo simétricamente sobre la madera que lo sostiene y poso mis dedos encima. Las yemas de mis dedos tocan los cuadrados, pero no llego a ejercer presión sobre ninguno. Veo mis manos extendidas, como las mujeres que secan sus uñas luego de pintarlas. Traqueteo las teclas, igual que hacía de niño con la máquina Olivetti de mi padre. Dirijo la mirada al monitor y me río con lo que veo: kdfhrljjvngjghijihñjhoi…

No hay caso, se fue todo a la mierda. Cojo el teléfono y llamo a mi amigo. Apago todo, con prisa. Quiero alejarme lo más rápido posible de esta habitación. Desciendo raudo por las escaleras, me detengo en la cocina, enciendo mi cigarro y antes de salir le digo a mi madre, gritando, que ya vuelvo, que quizá no venga a dormir y que no se preocupe.

Ya en el bar, y mientras tomo mi tercer chilcano, revientan en mi cabeza, cientos de ideas geniales, maravillosas, dignas de alabanza. Pero me resigno a perderlas nuevamente y como siempre. Seco mi trago, pido otro y conformo mi destino a escribir las mismas cojudeces de toda la vida.

lunes, mayo 25, 2009

144

Cuando voy al supermercado y me entero que la oferta de pollo a la brasa con papas y gaseosa de medio litro, anunciada en un cartel gigante, cuesta S/.24.90, y luego descubro que el pollo solo, cuesta 11, y las papas solas valen 7, caigo en la cuenta de que me quieren meter la rata. Los 18 soles que me costaría comprarlos por separado, más la gaseosa, que también la compraría aparte, suman 21.50, y no los 24.90 de su ofertón imbatible. Entonces, aguzo mis sentidos y observo furtivamente la magia de los combos. En el cine: Pop corn regular 5 + gaseosa regular 4 = 9; sin embargo, el combo 3 anuncia lo mismo pero a 11 luquitas, baratito nomás, amigo.


Esto me lleva a pensar, automáticamente, en los genios del marketing y sus posgrados en universidades de Utha. Pienso en las llamadas telefónicas para ofrecerte pichuladas a cualquier hora del día, en los contratos telefónicos que se ejecutan con tu voz grabada diciendo que aceptas, y que para darles fin tienes que hacer 40 trámites y desembolsar penalidades económicas por incumplimiento. Pienso en la letra chiquita y en cómo ningún organismo del estado ordena que se vuelva del mismo tamaño que el resto de contrato. Pienso en la cuota mínima, en los seguros extendidos y en todos los “beneficios” que nos brindan estos muchachones de gran desempeño académico y total aprovechamiento.

¿Eso les enseñarán en sus maestrías?

Rentabilidad máxima para la empresa, ganancias inéditas, reducción de personal, proactividad de los que ahora hacen el trabajo de 2. Evasión de impuestos y responsabilidades, contratos de 3 meses, ajustes de sueldo, ampliación de horarios de trabajo, reducción a un solo día de descanso a la semana, y una lista interminable de innovaciones laborales que apestan.

Incluso las maestrías son producto de avezados marketeros que han hecho creer a estudiantes y empleadores, que la universidad no basta, que ser egresado es una buena mierda y que los 5 años de estudios son para calentar motores. Eso explica que te prometan una formación integral en negocios, liderazgo, trabajo en equipo y actitud gerencial frente a los nuevos retos. O sea, tus estudios regulares consistieron en huevearte de lo lindo para darte un estatus de nada y echarte a la calle mutilado intelectualmente, con el tanque a medio llenar y los zapatos sin pasadores, para que vayas a sus centros de altos estudios, donde si se aprende de verdad.

Y todos corren a ser mejores, y los gerentes contratan a empresas de Headhunters, para que capten a esos lobeznos que han de hacerlos más ricos de lo que ya son.
Pero como dicen, así es el fútbol, y si no te gusta, piña.

No, no me gusta nada de eso, y espero mantenerme al margen de toda esta vorágine de exitismo, asociada a los megasalarios, a los supercargos, y a toda esa cultura VIP que representa nuestro status quo.

Dios me libre de buscar ese tipo de felicidad, y de los embieis.

jueves, mayo 21, 2009

143


Nada, sólo para recomendarles animadamente que compren el último disco de La Sarita llamado Mamacha Simona. De hecho una de mis bandas favoritas y más queridas.


¡¡¡Compre shá!!!


El tema que está sonando se llama: VIDA PASAJERA y es de los que me ha cautivado profusamente.


lunes, mayo 18, 2009

142

Luego de muchas faenas amorosas, L decidió probar nuevas formas amatorias para darle matiz a su sexualidad. Tenía algunas ideas que proponerle a J. Lanzado el reto, se echaron a recrear piruetas sexuales que desafiaban algunos límites físicos y otros morales, según fuera el caso. Descubrieron músculos inexistentes hasta ese momento. Le dieron curso a manuales africanos, perdidos en la memoria y la impudicia.
Hicieron de sus pieles, amasijos de pringue pegadas con delirio.

Todo se hizo de muy buena gana, sin poner reparos a la hora de prodigarse placeres ignotos, emergidos de algún dolor largamente recompensado en orgasmos oceánicos que, L y J, apenas descubrían.

Hasta esa noche en que L, cegada por sus ímpetus, le ordenó a J que la cargara por las piernas y le hiciera el amor contra la pared. J reparó en la diferencia de pesos entre ambos; y seguro de no poder hacerlo le dijo: "Ni que fuera Javier Bardem…"

L tomó de la mano a J y se lo llevó hacia el mueble, no sin antes decirle suavemente: "No serás Bardem, amorcito, pero déjame ser tu Cicciolina…"

Hoy J está en el Gimnasio, L también. Y se aman como en las películas.

lunes, mayo 11, 2009

141

Elipsis
Lo vi sentado en el parque principal de Barranco. Tenía una cámara súper 8 entre las manos. Estaba encuadrando cuando pasé. Me detuve y le hice algunas muecas.

Era un viejo bonachón, como de cincuenta años o más. Parecía un hippie en decadencia.

No tiene película -me dijo-
Entonces tampoco tienes mis muecas -respondí-

-¿Quieres ver cómo es el mundo a través de un visor?
- Bueno…
- Es que nadie puede mirar en primer plano. Aquí ves sólo lo que quieres ver…

Me gustó esa frase y luego otra que me dijo citando a Glauber Rocha: “Una idea en la cabeza y una cámara en la mano”. Eso es el cine -sentenció-
Hablamos mucho aquella tarde. Él comentaba películas que yo nunca había visto y nombró directores de apellidos extraños.

Le propuse comprar un rollo de película y filmar algo. Le pareció buena la idea.
Quedamos en encontrarnos al día siguiente, allí mismo.

-Tienes que colocar el rollo en el magazín sin que le caiga luz -me advirtió-Sacó una bolsa negra, introdujo la cámara con el rollo y lo puso.
Nos fuimos abajo del Puente de los Suspiros y mi primera lección fue grabar las piernas de las mujeres que pasaban por encima del viejo puente de madera. Lo hice durante cinco minutos.

¿Y dónde vemos esto? -pregunté-
En mi proyector, camarada, en mi proyector -repitió-

Su habitación era pequeña. Además de un colchón en el piso, había una mesa con un proyector encima. Al frente una pared blanca y varias revistas de cine regadas por el piso.

Con la luz apagada, montó la película sobre el carrete. El sonido aquel que emitía el artilugio era maravilloso. Como el ronronear de un gato, así se escuchaba.
Las piernas que antes había filmado, caminaban repentinamente sobre la pared.

Él cambió la velocidad del proyector y pude ver como los pasos de mis chicas se hacían lentos, espaciados, como si flotaran.
Nadie puede ver en cámara lenta -pensé-

La dos semanas siguientes, asistí puntual a mi encuentro con el hippie y con ese otro mundo que había descubierto. Conseguí dinero para comprar varios rollos.
Me dijo que no moviera tanto la cámara. Que no respire muy hondo. Que me pare con firmeza. Que pase desapercibido. Que me alejara de todo y me acercara a lo que quería captar. Que imaginara la historia de la pareja que se besaba. Que le atribuyera dolor a la señora que paseaba sus perros. Que modificara cínicamente cualquier posible realidad de mis personajes. Que fantaseara.

Nunca nos movimos del lugar en que todo comenzó. Las historias están donde quieres que estén, me decía convencido.

Filmé borrachines, putas, locos, perros, ladrones, policías, vendedores ambulantes, pájaros, travestis. A todo lo que se moviera.
Apuntaba y disparaba. Pero no los mataba. Los hacía vivir otras vidas, los manipulaba a mi antojo. Me volvía Dios en los pocos minutos que duraba la bobina.

Luego observaba a las criaturas proyectadas. Me apoderaba de sus conductas y de sus sueños. Creé millonarios y transformé en pobres diablos a decenas de transeúntes despistados.

La última noche, mientras era Dios, una muchacha se apareció en el encuadre. Camino hacia mí y tapó el lente con la mano.
¿Qué mierda me grabas, ah? -preguntó amenazante-
Tu belleza -intervino el viejo-

¡Como sigas grabando te rompo la cámara! -amenazó de nuevo-
Tranquila, flaca, ni siquiera tiene rollo -atiné a balbucear-
Jajaja, te asustaste huevonazo -me dijo ella, mientras reía a carcajadas-
Ya no jodas al chiquillo, Marcia -rezongó el hippie-
¿Quieres grabar mi cosita, papito? Y levantó su falda, dejando ver su tanga transparente por unos segundos.

Yo miraba al viejo. El viejo la miraba a ella, y ella miraba a un posible cliente.

-Te has conseguido otro alumnito, mi querido Nicolás
- ¿Te llamas Nicolás? -interrogué-
- Nadie sabe cómo se llama el vejete este, yo le digo Nicolás -contestó Marcia-

Marcia tenía unos 23 años aproximadamente. Rostro dulce, vestía bien, se veía bien. Olía rico.

No pareces puta -le dije-
¿Y cómo es una puta? -replicó Nicolás-
Antes que pudiera responder, siguió con un pequeño sermón:

…todo este tiempo y nada. Sigues pensando en la gente según su apariencia. No cualquier estúpido con saco y corbata es exitoso, tampoco los que silban son felices…
Iba a continuar regañándome, pero se detuvo. Me miró como si se hubiera equivocado conmigo. Como quien eligió mal al discípulo. Me miró con pena y luego calló.

-Claro, mírate tú, que pareces un viejo buena gente y eres un anciano hasta el culo -le dijo Marcia a Nicolás-
Él no habló. Bajo la mirada al piso, como pensando una respuesta. También guardé silencio.

Pensaba en todo lo que había capturado con la cámara, en los disparates que le había asignado como posible vida a los que por ahí pasaron.
No pareces puta, repetía en mi interior. ¿Yo que parezco? ¿Cineasta?, ¿Terruco?, ¿Abogado? -continúe repitiendo-

Pueden irse caminando algunos metros tomados de la mano -les pedí, luego de reaccionar-
¿Hasta dónde? -preguntaron con cierto asombro-
Hasta que los pierda de vista -ordené-

Así lo hicieron, y se marcharon, tal como se los había dicho.

Los filmé completamente fuera de foco y sólo veía dos siluetas amorfas. Podían ser padre e hija. Esposos, novios. Talvez dos hombres, quizá dos mujeres. Podían ser María y José. Thelma y Louise. Bonnie y Clyde. Tango y Cash. Dorothy y el Hombre de hojalata. Jason y Freddy, Henry y June…

Podían ser, finalmente, Marcia y Nicolás.

Dos años después, terminé mi taller de realización cinematográfica en una Escuela de Buenos Aires.

Ahora, cuando me preguntan dónde estudié cine, yo respondo que en los baños.
-Ah, en San Antonio de los Baños…
- No, en la bajada de los baños, aquí nomás, en Barranco.

Siempre terminan riendo y yo con ellos.

Ignoro el paradero de Nicolás, así como su verdadero nombre. Marcia es hoy mi chica. Ya no es puta, y le creo.

Es la realidad que quiero ver.